Eva esperaba en uno de los primeros asientos de la iglesia, cuando vio a Jorge de la mano de Mariza, la mujer sintió tanta rabia, pero no se atrevió a decir nada.
Ahí estaba Silvia, bastante feliz y orgullosa.
Jorge dirigió una mirada a su hermano, Enrique tenìa la mirada perdida, parecía desolado, sintió algo de lástima por èl.
«Me gustaría que Enrique fuera feliz, así como lo soy yo», pensó.
Jerónimo se acercò a Enrique, le puso la mano al hombro.
—¿Estás bien, hijo?
El hombre asintió.
—Estoy