Augusto empujó a Jorge, le mirò con odio, luego se alejó hasta llegar a su departamento, entró y cerró.
—¡Ese maldito loco! No merece a una mujer tan bella, ella huyó de èl, quizás es tan violento como el maldito Pedro Rincón. Mariza, no te voy a perder a ti, debes ser mía, solo mía —murmuró.
***
Jorge caminó por el departamento, su corazón latía como un rugido.
Fue hasta la habitación, encontró las cosas de Mariza, su perfume que lo enloquecía, su ropa, impregnada de su aroma.
Se recostó en la