La mansión Doone seguía en pie, imponente e intacta, pero por dentro ya no quedaba nada.
Rowan y Elara respiraban bajo el mismo techo, pero vivían en mundos completamente distintos.
Él casi no estaba y, cuando estaba, no existía para ella. No la miraba, no le hablaba y no reaccionaba. Era como si Elara se hubiera convertido en aire, pero no con Nefty. Nunca con su princesita.
Como todos los días, Rowan estaba sentado en el suelo de la habitación de la niña, con la espalda recargada en la pared,