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―Lo siento, señorita, la beca le ha sido denegada. —Esas palabras abrieron un agujero negro bajo sus pies.
Elara tomó el papel con el costo de la matricula y el pago de cada mensualidad, dichas cifras jamás las había visto en su vida, era demasiado para una persona como ella. ¿Cómo se supone que lograría ser alguien en la vida? ¿Cómo logrará ella cambiar su vida si ni siquiera tiene para pagar el alquiler del maltrecho apartamento donde vive? Una sonrisa más que triste fue tediosa, ella es exactamente lo que los demás dicen, una pobre huérfana que nunca saldrá de la miseria por mucho que se esfuerce y madre soltera hasta que se muera. Ella siempre estará en el fondo de la sociedad, siendo solo una mancha más. ―¿Se puede saber por qué llegas tan tarde? ―La voz irritada la sacó de sus pensamientos. ―El jefe te quiere ver en su oficina, ahora. ―Esa era su vida, constantemente siendo menospreciada por cualquiera que se cruzara en su camino. Con pies arrastrados se encaminó a ese lugar donde no recibía más que gritos e insultos del patán de su jefe. Sabía que había llegado tarde, pero ella pidió el permiso y se lo concedieron, ¿Cuál era el problema ahora? Tras la pregunta tocó la puerta. ―Pase. ―Ordenó la voz firme del otro lado. ―¿Me llamó, jefe? ―El hombre regordete, con bigote desaliñado y mal aspecto, alzó la mirada y la posó en la pelinegra parada en la puerta. ―Has llegado tarde, otra vez. ―Le recordó con ese tono que fastidiaba de más a Elara. ―Yo le pedí permiso y usted… ―¿Y por eso debes llegar a las horas que te dan las ganas? ―La cortó. ―Odiø que se aprovechen de mi bondad, Elara. ―Con lentitud se puso en pie y con pasos calculados se fue acercando a ella. ―Y yo te he perdonado infinidades de errores. ―Tomo un riso de la melena de Elara y tras tirar de él lo soltó. ―Sé que necesitas el trabajo, pero ya no puedo seguir dándote oportunidades y… ―Por favor. ―Elara ignoró la cercanía del detestable hombre. ―No puedo perder el trabajo, prometo que no llegaré más tarde. ―Imploró. ―No iré a la universidad, así que trabajaré todo lo que necesite. ―El hombre al ver su desesperación supo que era su oportunidad. ―Sabes que no tienes que pasar por estas cosas, Elara. ―Su atrevimiento estremeció a Elara, él se ha acercado demasiado para su gusto. ―Yo podría ayudarte con la renta, te daría comida y podrías ir hasta a la universidad. ―Elara quedó sin respiración. No era la primera vez que un jefe se le insinuaba de esa manera, no era la primera vez en la que se veía en esa posición y entonces esas palabras que le dijeron los demás cuando los rechazó azotaron en su cabeza “Siempre vivirás así y la única manera de evitarlo es que te conviertas en la zorrä de alguien que esté dispuesto a darte un poco de lo que tiene a cambio de un poco de sexø” Ella temía terminar de esa manera, no deseaba quedar siendo lo que todos decían, pero ¿Qué podía hacer? A todos los que rechazó la dejaron sin trabajo y después de eso la calle fue su hogar. ¿Podría ella sobrevivir a eso nuevamente? ¿Debía aceptar la propuesta del asqueroso hombre? ¿Debería implorarle que le dé una oportunidad más? Toda duda se borró de su cabeza cuando el desagradable y torpe beso de su jefe por poco la asfixia. ―¡No vuelva a tocarme! ―Gritó después de quitárselo de encima tras darle una patada en los bajos. ―No soy una zorrä y por supuesto no me acostaré con usted por dinero. ―¡Lárgate de aquí! ―Rugió el hombre rojo del dolor. ―Estás despedida, malditä negrä asquerosa. ―Elara abrió la puerta y corrió al ver las intenciones de su jefe de golpearla. ―¡Te acusaré de ladrona! ―Los trabajadores de la cafetería y algunos clientes miraron la escena atónitos. El hombre estaba rojo corriendo tras Elara mientras se sostenía los bajos y ella corría sin mirar atrás. ―¡Carajøs! ―Gritó al estar un poco lejos de la cafetería y de los gritos de su jefe. ―¿Por qué siempre me pasa a mí? ―Miró al cielo quien en respuesta dejó caer un repentino aguacero. ―¡Genial, no puede pasarme algo peor! ―Sin mirar a los lados se tiró para cruzar la calle aún quejándose del mundo entero y entonces un ruido de neumáticos frenando fue lo último que escuchó. ―Mierdä. ―El hombre que iba distraído con el móvil al oído frenó en seco. ―Abuelo, no puedo discutir esto ahora, te llamo después. ―Mas te vale traerme a esa muchacha lo antes posible, yo estoy muriendo y no pienso dejarle mi fortuna a un solterón e irresponsable como tú. ―Hablamos después. ―Cerró la llamada sin discutir la amenaza de su abuelo. ―¿Estás ciega acaso? ―Bajó del costoso auto y miró a la mujer de piel morena, cabello rizado revuelto tendida en el piso. ―¡Ni siquiera te golpeé! ―Maldijø en voz alta, pensó en dejarla ahí, después de todo ella se lanzó, pero en contra de su bien juicio y tras darle una patadita en el culo y ver que no se movía, la tomó en brazos y la metió al coche para abandonarla en una clínica, no necesitaba más problemas. ―La gente de este país está loca, ¿Cómo pueden andar por ahí jorobando la vida de los demás? ―Estaba furioso. Elara que había desmayado por la impresión de ver el auto a gran velocidad venir hacia ella, suspiró con cansancio, no sabía dónde estaba, pero el frescor y la cómoda cama le gustaba demasiado, pero algo de esa comodidad no se sentía bien para ella y abrió los ojos de golpe, ella jamás había estado tan cómoda y estarlo no era buena suerte, no para ella. ―Dios mío. ―Susurró al verse en una habitación demasiada pulcra para su gusto y los aparatos en su brazo la alteraron más. ―No, esto no puede ser una clínica. No… no… no… Esto será costoso. ―Casi enloqueció. ―¿Quién fue el tonto que me trajo aquí? ―Sabía que debía dejarte en medio de la calle. ―Esa voz ronca, seria e irritada captó su atención de inmediato. Su pelo rojo, sus ojos grises y fríos, su semblante serio, su altura, su cuerpo y su belleza, ese hombre era la perfección personificada. Rowan Doone miró esos ojos color miel desconcertados y endureció más su gesto, ¿Por qué lo mira como si fuera el diablo? Aquella pregunta que se hizo a sí mismo le causó gracia, es así como el mundo entero lo ve. ―¿Eres un demonio y vienes a sacarme del cielo? ―La pregunta de Elara lo descolocó. ―Porque si es así voy a pelear, ¡Ya me toca algo bueno? ―Llamaré a la doctora. ―Y ahí estaba nuevamente ese tono de voz que dejaba sin respirar a Elara o a cualquier mujer. ―Creo que la caída te provocó una contusión. ―Dio media vuelta y abrió la puerta, pero lo que vio lo dejó de piedra. ―¿Abuelo? ―Mis hombres te vieron llegar con una preciosa jovencita en brazos. ―El anciano no pidió permiso, echó a su nieto a un lado y entró. ―Quiero conocer a la prometida de mi heredero.






