—¡Tú! ¡Sinvergüenza!
La cara de Julieta enrojeció. Sus ojos miraron con maldad a Leandro, como si fuera un conejo enojado. Se veía feroz pero linda a la vez. Leandro solo había visto esa expresión en Julieta. Pero cuando pensó en el hecho de que la mujer que había estado echando de menos simplemente se negaba a reconocerlo, le dolió vagamente el corazón.
Entonces la soltó, se puso de pie y se mantuvo a una distancia segura de ella.
—Lo siento, hace un momento fui grosero. Te llamaré más tarde po