Después de vendarse las heridas, Leandro se cambió de ropa y se sentó en el sofá sin moverse.
Nadie sabía lo que pasaba por su cabeza, pero el silencio opresivo era aterrador. Estuvo sentado así desde el amanecer hasta el anochecer, sin luz en la habitación, sólo con un rayo de luna que le proyectaba un frío resplandor.
De repente, se levantó y se dirigió hacia la puerta.
Entonces se dio cuenta de que había alguien arrodillado enfrente.
Sus profundos ojos lanzaron una fría mirada a aquella perso