—¿Qué? ¡No me toques! ¡Yo no he matado a nadie!
Dalila entró en pánico. Escondiéndose detrás de Leandro, gritó:
—Leandro, por favor, ayúdame. Me han tendido una trampa.
—Señorita Ortega, por favor coopere con nosotros, somos la policía.
—¡No! No tienen derecho a arrestarme. ¿Dónde están las pruebas? No pueden acusarme de algo que no hice.
Presionada por el pánico, Dalila agarró con fuerza la manga de Leandro, negándose a soltarlo.
Los policías miraron a Leandro con cierta preocupación y uno de e