La abuela se acercó a Nahuel, le tomó la cara con las dos manos y le besó la frente.
—Mi niño, todo esto va a pasar. Dejen que los grandes se arreglen. Ustedes no se metan en esto, por favor.
Nahuel cerró los ojos.
Quiso creerle.
Pero ya no era tan chico.
Y había cosas que, una vez vistas, no volvían a desaparecer.
Cuando Agustín llegó, la tensión todavía flotaba en la casa. No sabía lo que había pasado esa tarde entre sus hijos. No sabía que Nahuel había estado a punto de decir dema