En el interior de la cabina del automóvil, sombrío y silencioso, Erick permanecía reclinado sobre el grueso asiento de cuero. El sutil murmullo del motor parecía incapaz de mitigar el estruendo en su cabeza; sentía que sus energías se habían evaporado por completo tras la agobiante reunión y los espectros de la quiebra, cada vez más fidedignos. Presionaba el puente de su nariz sin cesar, intentando disipar la jaqueca que lo martirizaba con severidad.
Con un pesado suspiro, extrajo el teléfono d