—¿Qué te ha pasado? ¿Qué ocurre con tus piernas? —preguntó Emma, y las preguntas le salieron una tras otra sin poder contenerse.
Bajó la mirada hasta las piernas de Bianca, cubiertas por una tela y apoyadas en los reposapiés metálicos de la silla de ruedas.
Bianca no respondió. Solo curvó los labios en una sonrisa amarga, llena de resignación y profunda tristeza.
Sin perder tiempo, sus dedos delgados presionaron el mando de control en el reposabrazos. El motor bajo el asiento zumbó suavemente,