En la silenciosa cabina de su jet privado, Kenny permanecía sentado con el cuerpo rígido y tenso.
Su mirada se perdía por la ventana, pero su mente no estaba allí en absoluto.
Con un movimiento rápido, tomó el auricular del teléfono satelital instalado en el panel de la pared, junto a su asiento.
Sus dedos recorrieron la pantalla con impaciencia, marcando el número de Emma en Nueva York. Apenas unos segundos después, el tono de llamada internacional resonó en su oído, cruzando los cielos a más