—No me voy a divorciar de Mary. No tienes que preocuparte por eso, mamá —declaró Erick con un tono de voz deliberadamente elevado y tan sereno como le fue posible.
Mientras hablaba, sus ojos recorrieron el lugar de reojo una vez más, cerciorándose de la ubicación del diminuto punto de luz que parpadeaba casi imperceptible entre los adornos de la pared.
Elena alzó la mirada, contemplando a su hijo con una expresión donde se mezclaban la incredulidad y el alivio.
—¿De… de verdad, Erick? —inquirió