LISSANDRA
—No lo puedo creer —dije por décima vez mientras Oliver me revolvía el cabello como hacía en la universidad—. ¡Estás igual!
—Tú sí que cambiaste. Estás… radiante. ¿Qué clase de agua bebes, mujer? ¿Es de los Alpes?
Reí como idiota, porque así era él. Un sol. Un sol con bóxers de pikachu y alma de oso de peluche.
—Es que ahora duermo con sábanas de hilo egipcio, me aman con locura y me dan desayuno en la cama…
—¡Ah, pero mírala tú! —bromeó mientras me ofrecía un puñito para chocar.
Desp