ASHTON GARDNER
El cuarto aún estaba tibio por la noche que habíamos compartido. La cortina dejaba pasar apenas un hilo de luz, suficiente para que pudiera verla a mi lado: Liss, con el cabello alborotado, los labios suaves por el sueño, y el cuerpo enredado en las sábanas como si aún me buscara incluso dormida.
Erick ya había salido de la habitación, con su pijama de dinosaurios, rumbo a vestirse. Era nuestro ritual: él se iba primero, nos daba unos minutos a solas. Pero esta vez no quería que