Lynn fue dada de alta esa mañana.
Su cuerpo aún dolía, pero lo que más pesaba era el vacío en su pecho.
La herida emocional seguía abierta, palpitante, casi tan intensa como la física.
Apenas colocaron el alta médica en sus manos, supo exactamente a dónde quería ir.
—Hija, no tienes que verlo —le dijo Freya, con voz suplicante mientras la ayudaba a vestirse—. Piensa en tu bebé. No vale la pena.
—Tengo que hacerlo, Freya… es por mi bien —respondió Lynn, con voz firme pero quebrada.
No era terqued