Arturo condujo en silencio, alejándose de aquel lugar como si huyera del infierno mismo. Su corazón latía con violencia, no por la pelea, sino por el miedo de haberla perdido… otra vez.
Miraba el camino, pero su mente solo podía enfocarse en Miranda: su rostro, su voz, el temblor de sus manos cuando la sostuvo, su negativa a dejarse cuidar.
El trayecto fue un suspiro largo, un nudo en la garganta imposible de tragar.
Cuando llegaron a casa, el auto se detuvo lentamente frente al pórtico. Arturo