Sergio estaba sentado en el suelo, desnudo, con el rostro cubierto por ambas manos. La ropa, esparcida por toda la habitación, parecía el eco de un huracán recién pasado.
Su cuerpo temblaba, pero no por frío, sino por el peso brutal de la culpa.
Jamás, en toda su vida, había sentido algo tan oscuro dentro de sí. Había hecho muchas cosas imperdonables, pero esto… esto lo destruía por dentro.
El llanto que rompió el silencio fue como una puñalada. Un gemido ahogado, desgarrador, que lo sacó de su