Todo pasaba muy lento, las contracciones eran cada vez más fuertes, Akemi se mantenía en su habitación, tratando de calmarla, pero nunca estuvo en ningún parto de sus hijos.
— ¡Dios! Que esto acabe – Eyra se sostenía del borde de su cama.
— Tranquila todo…
— Si dices que todo estará bien juro que te cortaré las bolas aquí mismo Akemi.
Levantó las manos y suspiró.
– Buscaré al doctor.
— Sí, haz eso – Eyra seguía soportando las contracciones. – Maldita sea Konstantin, te necesito aquí cabrón