Rosbaldo
Había decidido alejarme de Alexa. Realmente no sé qué provoca esa mujer en mí que hace que mi cabeza estalle. Me desespera; quisiera hacerle tantas cosas. Melina está sentada en mis piernas y, por más que acaricia mi pecho, ni siquiera se me antoja tocarla. Cuando de pronto la puerta del despacho se abre, veo de quién se trata y de inmediato trato de bajar a Melina de mis piernas, pero ella solo me sonríe. Así que yo volteo los ojos con fastidio y mamá se ve furiosa.
—¡Lárgate!
Melina