Leonard no durmió esa noche.
Las velas ya eran sólo hilos de humo cuando el cielo comenzaba a tornarse de un azul profundo, anunciando la llegada del amanecer. Pero él seguía ahí, frente al libro, con la mirada fija en esa única palabra que ahora resplandecía con un pulso lento y constante, como un corazón latiendo entre páginas. “Puente”. Esa fue la palabra que ambos escribieron, y desde entonces, algo había comenzado a cambiar.
Con los ojos sombreados por la fatiga, pero el espíritu ardiendo