Sujete el cuello de Yenni estampando su cuerpo contra la pared, ella se queja de dolor, pero eso no me importa, presionó un poco más su cuello, sus ojos se abren como platós mientras trata de soltarse, se lo que está mirando, se que está aterrada, se que mis pequeños cuernos acaban de aparecer, se que mis ojos ya cambiaron de color.
—Hazlo, mátala—Esa voz ronca y aterradora venía de mi interior, pero no era mi conciencia.
Obedecí y apreté un poco más el cuello de esa zorra, una risa escalofria