Arturo atendía a Bartolomé como si fuese una visita extraordinaria en su hogar. Se sentaron en las sillas que estaban alrededor de la mesa y ambos esperaban a que el otro rompiera el hielo para poder hablar.
Bartolomé sentía que era difícil expresar lo que quería. Por su lado, Arturo entendía que Bartolomé era muy especial y no sabría con qué podría encontrarse. Podía ser algo bueno, pero también algo malo.
-¿Y qué os trae por aquí? –preguntó Arturo, siendo el que rompió