Bartolomé seguía a aquel hombre. Procuraba ser lo más sigiloso que pudiera. En cierto modo, le causaba bronca por haber sido uno de los que tiró contra él. No sabría decir quién le dio en el brazo, pero seguía resentido por ello. Esa fue una motivación extra para seguirlo, aunque sabía que debía concentrarse en Enrique Octavo.
Las cuadras pasaban. El pecho de Bartolomé en cualquier momento estallaría. No podía controlar la ansiedad. La caminata parecía eterna.
Ni siquier