Semanas más tarde a la muerte de Fiorella, desperté una mañana con una ligera cefalea, aún sentía la cruel carga de la culpa por su muerte, aunque ya comenzaba a mejorar la herida que ello me había dejado. Coloqué la mano sobre mi cabeza, arrugando mi entrecejo y entrecerrando mis párpados para evitar la luz de la mañana, me senté sobre la cama estirando mi cuello sin abrir los ojos y bostezando. Escuché un suave suspiro, ese no provenía de mí.
Me giré con los ojos ya bien abiertos, el suspiro