La tarde había caído sobre la ciudad y la luz dorada del atardecer se filtraba por los ventanales de la oficina. Valeria estaba concentrada en revisar los últimos informes de la empresa, tratando de mantener la calma mientras Marcelo continuaba moviendo sus fichas desde las sombras. Cada correo, cada rumor, cada detalle manipulado era un recordatorio de que su enemigo no descansaba.
El niño estaba cerca, jugando con un pequeño tren de madera que Valeria le había traído discretamente esa mañana.