Lucas siempre había confiado en su instinto.
En los negocios, esa capacidad de leer detalles invisibles lo había convertido en un hombre temido y respetado. Pero aquello no era una negociación. No era una inversión. No era una jugada estratégica.
Era un niño.
Y sus ojos.
Lo vio nuevamente esa tarde desde el estacionamiento del edificio. La niñera lo había llevado al pequeño jardín lateral, donde algunos residentes solían sentarse. El niño estaba en el suelo, completamente concentrado en un auto