CAPÍTULO 3: El rugido de Fenrir

DARIAN

Aceleré a fondo en la última curva antes de cruzar la frontera de Blackwood. El rugido del motor resonaba en la noche, rompiendo la calma del bosque.

Llegaba tarde. Otra vez.

Tenía veintidós años y llevaba cuatro siendo el Alfa de la Manada Nightbane. Mi vida entera era una agenda apretada de diplomacia, entrenamientos, disciplina y decisiones frías. Pero cuando se trataba del cumpleaños de Lyra Blackwood, romper las reglas era casi un ritual sagrado.

Llevaba cuatro años soportando las miradas de lástima de los ancianos y las preguntas susurradas a mis espaldas sobre por qué la Diosa Luna no me había entregado a mi mate. Cuatro años viendo a otros Alfas encontrar a sus parejas mientras mi lobo, Fenrir, se impacientaba en mi interior.

Pero hoy no estaba pensando en el destino. Solo quería ver la cara de pocos amigos de Lyra cuando me viera aparecer.

Iba a cumplir dieciocho años. Ya no era la niña de ocho años a la que le di un pelotazo por accidente y que, para mi sorpresa, se levantó sin llorar para devolverme el golpe con la misma fuerza. Desde ese día, Lyra se convirtió en la única persona en todo el territorio que no me miraba con temor o sumisión. Me miraba con rabia, con desafío, como a un igual.

Aparqué la moto justo frente a las puertas dobles del gran salón, haciendo rugir el motor dos veces más de lo necesario. Quería que supiera que había llegado. Quería arruinarle la ilusión de que se había librado de mí. Escuché los suspiros y algunos gritos emocinados de las chicas en la entrada, pero ni me molesté en mirarlas.

Me pasé las manos por el cabello despeinado, me acomodé la chaqueta de cuero y empujé las puertas de roble con la lentitud de quien se sabe dueño de la escena.

Ahí estaba ella.

Vestía deslumbrante, con los brazos cruzados y esa mirada de odio puro que me fascinaba sacarle. Aiden estaba a su lado refunfuñando, pero para mí el resto del salón ya era paisaje borroso. Le sostuve la mirada a Lyra, ajustando mi sonrisa más provocadora.

«Faltan cinco segundos, enana», pensé con sarcasmo. «Feliz cumpleaños».

Entonces, las campanadas de la torre principal dieron las 12:00 AM.

El mundo a mi alrededor se detuvo.

Un impacto invisible y feroz me golpeó de lleno en el pecho, cortándome la respiración. La sonrisa se me congeló en el rostro. Mi cuerpo se tensó de golpe, tan rígido que sentí los músculos de la espalda a punto de estallar.

El aire en mis pulmones cambió. Ya no olía a la madera vieja del salón ni al perfume de los invitados. Una fragancia violenta, adictiva y salvaje inundó mis sentidos: orquídeas silvestres, lluvia fresca sobre la tierra y una chispa de peligro puro.

Era su olor.

«¡MATE!», un rugido monumental sacudió la base de mi cráneo.

Fenrir, mi lobo negro, se puso de pie en mi mente con los colmillos fuera y las garras afiladas, arremetiendo con una ferocidad que casi me hace caer de rodillas.

«¡MÍA! ¡NUESTRA! ¡LA LOBA ES NUESTRA!», bramó Fenrir, rompiendo mis barreras y proyectando su voz con una posesividad salvaje que quemó cada fibra de mi ser.

Mis ojos, lo supe por el calor punzante, mutaron al instante a un dorado brillante. Mis pupilas se dilataron hasta tragar la luz. Inhalé una, dos, tres veces de forma desesperada, sintiendo cómo el vínculo de la Diosa Luna se clavaba en mi alma como un gancho ardiente, conectando mi corazón al de ella.

Miré a Lyra. Ella me miraba con los ojos abiertos de par en par, pálida, con la copa temblando en su mano y la misma chispa de reconocimiento ardiendo en su mirada.

«No...», mi mente intentó procesar la locura mientras daba un paso instintivo hacia ella, incapaz de detener a mis propias piernas. «¿Lyra? ¿La mocosa insoportable con la que llevo diez años peleando? ¿La única mujer que ha intentado romperme la nariz tres veces?»

« CÁLLATE Y RECLÁMALA », me ordenó Fenrir en la cabeza, obligándome a acortar la distancia mientras la manada a nuestro alrededor empezaba a darse cuenta del silencio sepulcral que nos rodeaba. «Es perfecta. Es nuestra. Ve por ella.»

Traté de recuperar el control, de ponerme la máscara de Alfa maduro que llevaba cuatro años puliendo, pero era imposible. La atracción era física, brutal y devastadora.

—Tú... —logré articular con la voz grave, rota, raspada por el rugido de mi lobo que peleaba por salir de mi garganta.

—Dime que esto es una pesadilla, Nightbane —susurró ella.

Una sonrisa oscura, hambrienta y llena de puro instinto dominador se abrió paso en mis labios. La guerra de diez años no había terminado... solo acababa de volverse mucho más peligrosa.

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