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CAPÍTULO 4: La peor elección de la Luna

DARIAN

Nunca había perdido una batalla. Ni una.

Desde pequeño me enseñaron que un Alfa no podía permitirse dudar. Debía pensar con claridad, controlar sus emociones y tomar decisiones frías incluso en el caos. Pero nadie me había preparado para el segundo exacto en que tu propio lobo decide que la mujer que más te irrita en la tierra es la única que necesitas para respirar.

—Dime que esto es una pesadilla, Nightbane —susurró Lyra frente a mí.

Estaba pálida, con la copa temblándole en la mano y sus ojos verdes brillando con el mismo reflejo dorado que me quemaba las pupilas. A nuestro alrededor, la música del salón parecía haber bajado de volumen. Kai, Elena, Aiden y Kaia daban un paso al frente, notando que el ambiente entre nosotros dos se había vuelto denso, peligroso y cargado de una tensión eléctrica.

«No», me dije a mí mismo, dando un paso atrás para romper la sofocante cercanía. «No puede ser».

—No —articulé en un hilo de voz, fijando la mirada en ella.

Fenrir permaneció en silencio en mi mente. Demasiado silencio. Lo conocía lo suficiente para saber que ese silencio significaba que estaba esperando a que yo terminara de negar lo evidente.

«No es posible, Fenrir», le advertí internamente.

«Lo es», respondió con una calma exasperante.

«No».

«Darian...»

«Cállate, Fenrir».

Suspiró. Literalmente suspiró dentro de mi cabeza. Eso era nuevo. Hasta mi propio lobo parecía cansado de mi terquedad.

—Darian, ¿qué está pasando? —intervino Kai, mi Beta, colocándose a mi lado con mano firme, sintiendo la onda expansiva de poder que Fenrir y yo estábamos emitiendo sin querer.

—Nada —mentí descaradamente, apretando los puños dentro de los bolsillos de mi chaqueta de cuero para no ceder al instinto de tomar a Lyra y reclamarla delante de los invitados—. Asuntos de Alfas.

Miré a Lyra. Ella sostenía mi mirada con una mezcla de pánico, orgullo y rabia contenida.

—Necesitamos hablar. A solas. Ahora —le dije con voz corta, sin usar un tono de orden territorial, pero dejando claro que no me movería de ahí hasta que lo hiciéramos.

Lyra apretó la mandíbula, consciente de que varios invitados empezaban a fijarse en nosotros.

—En el despacho de mi padre —sentenció ella con frialdad, dándome la espalda—. Mueve los pies, Nightbane.

Escuché el eco firme de sus tacones guiándome por el pasillo principal, alejándonos del murmullo de la fiesta. Ninguno de nuestros Betas se atrevió a seguirnos; sabían cuándo la frontera de dos Alfas se cerraba.

Entramos al despacho privado del Alfa de Blackwood. Ella cerró la puerta de roble de un golpe seco detrás de sí, mientras yo me apoyaba contra el borde del escritorio de madera, pasándome las manos por la cara e intentando procesar la locura.

Había pasado toda mi vida preparándome para ser Alfa. A los dieciocho años había asumido el lugar de mi padre. Sabía manejar la manada, negociar y proteger a los míos.

Pero nada me había preparado para Lyra Blackwood. Mi mate. La misma Lyra que durante diez años había convertido cada encuentro en una guerra. La misma que podía discutir conmigo durante una hora y después actuar como si nada. La misma que me miraba como si yo fuera un problema que debía resolver.

«Ella es fuerte», la voz de Fenrir apareció otra vez.

Fruncí el ceño en la penumbra de la oficina. —Eso no es una razón para que sea mi mate.

«No dije eso».

—Entonces no entiendo tu punto.

«Solo estoy diciendo la verdad».

Ignoré a mi lobo, aunque sabía exactamente lo que estaba haciendo: intentaba que aceptara lo que mi orgullo se negaba a admitir. Miré los documentos esparcidos sobre el escritorio e intenté concentrarme en cualquier cosa que no fuera ella. No funcionó. Porque cada vez que parpadeaba, aparecía su rostro. La incredulidad en sus ojos cuando nuestros lobos se reconocieron. La forma en que negó lo ocurrido. La manera en que parecía más molesta por tener razón sobre lo insoportable de la situación que por el vínculo mismo.

Y eso... me hizo sonreír. Muy poco. Pero ocurrió.

«No», le dije a Fenrir inmediatamente.

«¿Qué?»

—No voy a sonreír por esto.

«Ya lo hiciste».

—No.

«Sí».

—Fue una reacción involuntaria.

«Claro».

Odiaba cuando Fenrir usaba ese tono, porque era exactamente el mismo tono mordaz que usaba mi madre cuando sabía que estaba mintiendo.

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