El hostal era pequeño, con pintura descascarada en las paredes y un letrero de “agua caliente” que parecía más un chiste cruel que una promesa. Valeria no tuvo que preguntar por la habitación; el recepcionista la miró con compasión apenas dijo su nombre y señaló el segundo piso.
Cada escalón crujía bajo sus pasos.
El pasillo olía a humedad y cigarrillos viejos. Cuando llegó frente a la puerta 204, dudó. Su mano temblaba levemente, no por miedo, sino por rabia contenida. Inspiró hondo. Luego gol