El ascensor se detuvo en el piso treinta y uno con un leve tintineo. Las puertas se abrieron y Liam Del Valle salió con paso seguro, el celular en una mano y una taza de café en la otra. Vestía uno de sus trajes favoritos: negro azabache, perfectamente entallado, resaltando su musculosa figura y hacienndolo lucir Impecable, como siempre.
Pero había algo le preocupaba y le quemaba en el fondo del estómago. Y no era el café.
—Buenos días, señor Del Valle —saludó Teresa, la asistente de recepció