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**Dos semanas después**
Si creia que lo peor de la ruptura era ver a mi novio teniendo sexo con otro hombre, me equivoqué.
Lo peor vino después.
Primero llegaron las llamadas de Marcos, suplicándome que reconsiderara mi decisión. Luego pasaron a los reproches: que gracias a él había conocido el bufete de abogados y conseguido aquel trabajo —nada más lejos de la realidad—. Después, intentó justificarse diciendo que no era gay, que era bisexual, solo que “yo a veces no le ponía tanto”…
Como si aquello pudiera arreglar algo. Si acaso, lo hundió todavía más.
Y por si todo eso no fuera suficiente, cuando se lo conté a mis padres, la noticia tampoco cayó precisamente bien. Mi madre no dejaba de repetir que se me estaba pasando el arroz. Y eso sin contar las miradas cargadas de lástima de la gente a mi alrededor cuando se enteraban de lo ocurrido.
La verdad es que, durante aquellas dos semanas, me sentí miserable conmigo misma. Me analicé por dentro una y otra vez, repasando cada detalle, cada gesto, cada conversación. No dejaba de reprochármelo todo: por qué no hice esto, por qué no dije aquello, por qué no me di cuenta antes.
Y, aun así, terminé llevándolo también al terreno más cruel: mi propio cuerpo.
De pronto, todo en mí me parecía mal. Me miraba al espejo y me veía fea, insegura, insuficiente.
Y lo peor es que, en el fondo, sé que no soy una chica fea, ni mucho menos. Tengo curvas, sí, pero siempre las he llevado bien. Aun así, las dudas siguen retorciéndose dentro de mí, envenenándolo todo, hasta que el sonido del ascensor me arranca de golpe de mis pensamientos.
Cuando las puertas se abren frente a mí, estoy a punto de pulsar el botón de la planta donde está mi habitación, pero la sola idea de volver a encerrarme entre aquellas cuatro paredes, a solas con todo esto, me revuelve el estómago. En lugar de eso, aprieto el botón del bar del hotel.
He conseguido alojarme allí gracias a mi amiga Adela. Una de mis amigas de la infancia, una de esas personas que llevan tanto tiempo en tu vida que ya forman parte de ti. Ella y Martina son mi mayor apoyo en este momento.
El bar es tan sofisticado como el resto del edificio: una barra de mármol negro veteado, estanterías retroiluminadas repletas de botellas de cristal, sillones de terciopelo en tonos oscuros y una música suave de piano que flota en el ambiente.
Me siento sola en una de las sillas altas tapizadas en terciopelo, junto a la barra, y pido una copa.
En el bar apenas hay gente. Al otro extremo de la barra, un hombre bebe solo, envuelto en un silencio que encaja demasiado bien con el ambiente tenue y elegante del lugar.
Desvío la mirada, pero, apenas unos segundos después, vuelvo a posarla en él.
Es un hombre muy guapo.
Lleva un traje gris marengo impecable que le queda como un guante, marcando unos hombros anchos y una espalda recta que desprenden seguridad sin necesidad de esfuerzo. Es de esos hombres que resultan atractivos casi sin pretenderlo, como si ni siquiera fuera consciente del efecto que provoca. O quizá sí lo sabe y, simplemente, le da igual. Por un instante, me sorprendo imaginando a la mujer… o a las mujeres, que comparten la cama con un hombre como él.
El sonido de mi móvil vibrando sobre la barra me obliga a apartar la vista. Frunzo ligeramente el ceño al ver el nombre en la pantalla y, a regañadientes, descuelgo, porque ya no puedo seguir evitandola.
—¿Sí?
—Hija… —la voz de mi madre suena al otro lado de la línea, cautelosa.
—Dime, mamá.
—He hablado con Marcos y dice que te echa de menos...
Cierro los ojos un instante y bajo la voz.
—Mamá, ya hemos hablado de esto. Encontré a Marcos acostándose con un hombre…
—Pero, hija… si quiere volver contigo, por algo será, ¿no? Estoy segura de que está arrepentido. Deberías perdonarlo.
Aprieto los dedos alrededor del móvil.
—Mamá, por favor… Con esta ruptura ya he perdido demasiado. No me pidas que pierda también la dignidad.
Siento un cosquilleo incómodo en la nuca, la sensación de que alguien me observa. Alzo la vista de inmediato, pero ni el hombre del traje ni el camarero parecen prestarme atención. Probablemente me lo he imaginado.
—Hija… Me preocupo por tí. No quiero que estés sola…
Entiendo la preocupación de mi madre, ese miedo casi visceral a verme sola a una edad que, a sus ojos, empieza a convertirse en una condena para una mujer. Pero una cosa es comprender de dónde nace ese temor y otra muy distinta permitir que decida por mí.
Perdonar a Marcos no tiene sentido. Volver con él, todavía menos.
—Mamá, eso no va a pasar.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio pesado.
—Preferiría que no me llamaras para hablar de Marcos, ¿vale? Voy a intentar dormir un poco. Mañana tengo que trabajar. Adiós.
No le doy tiempo a responder. Cuelgo y dejo el móvil sobre la barra con un suspiro cansado.
Pido una última copa y la voy bebiendo despacio, perdida en mis pensamientos, ajena a todo lo que ocurre a mi alrededor.
Cuando apuro el último sorbo y saco la tarjeta para pagar, el camarero me informa de que mi cuenta ya está saldada y, con una discreta inclinación de cabeza, me indica que ha sido aquel hombre.
Antes de que pueda alcanzarlo para darle las gracias, se levanta y se dirige hacia el ascensor. Me apresuro a seguirlo, colocándome detrás de él, pero durante unos segundos no me atrevo a abrir la boca. Verlo de espaldas resulta casi tan intimidante como tenerlo delante. No es solo por lo atractivo que es; hay algo en su porte, en su forma de moverse, en la seguridad silenciosa que desprende, que deja claro que no se trata de un hombre cualquiera. He visto a muchos hombres así entre los clientes del bufete y sé reconocer ese tipo de poder incluso cuando no hace falta pronunciar una sola palabra.
Me armo de valor y, justo cuando entramos en el ascensor, le digo:
—Muchas gracias por las copas.
Él gira apenas la cabeza hacia mí.
—No hay de qué… Parecía que tenías un mal día.
Siento un vuelco en el pecho.
Ha escuchado toda la conversación.
Durante un instante me muero de vergüenza, pero el bochorno dura poco. El alcohol, la humillación y el hecho de estar encerrada en un ascensor con un hombre absurdamente atractivo hacen algo extraño con mi sentido común.
De pronto, me siento imprudente. Casi valiente.
—Entonces, a partir de ahora, solo puede mejorar… ¿F*llamos?
Silencio.







