Adela
Juro por Dios que ese hombre va a arrepentirse de darme esa tarjeta de crédito.
Salgo de la casa con la tarjeta en el bolso y un único pensamiento dando vueltas en mi cabeza.
Si el señor Kang cree que puede ir repartiendo tarjetas de crédito ilimitadas como si fueran caramelos, está a punto de descubrir que jugar con fuego tiene consecuencias.
Subo al coche con expresión seria.
—¿Al centro de Seúl, señorita Adela? —pregunta el chófer.
Sonrío por primera vez en toda la mañana.
—Sí. Y prepá