VALERIA
El amanecer llegó sin piedad, filtrándose por las cortinas como un recordatorio de que la noche había terminado y la realidad seguía intacta.
Desperté cerca de las nueve. Mi cuerpo estaba pesado, la mano vendada me dolía sordamente, y en mi cabeza aún resonaban las palabras de Sofía, las confesiones de Damián, el fantasma de Samuel recorriendo cada rincón de mis pensamientos.
Me incorporé con esfuerzo y caminé al baño. El agua caliente cayó sobre mi piel como una bendición, llevándose p