SAMUEL
Llegamos a mi departamento casi a las once de la noche.
El viaje en auto fue silencioso. Sofía miraba por la ventana con los ojos perdidos, como si las luces de la ciudad pudieran darle respuestas que yo no tenía. No dijo una palabra en todo el trayecto, pero su mano nunca soltó la mía.
Aparqué y subimos.
Al entrar, ella se sentó en el sofá sin quitarse la chaqueta, con la mirada fija en un punto indefinido de la pared. Me senté a su lado.
—Sofía —dije, en voz baja—. ¿Quieres contarme?
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