SAMUEL
No recuerdo cómo llegué a casa de Lucas.
Solo sé que en un momento estaba manejando con las lágrimas nublándome la visión, y al siguiente estaba frente a la puerta de mi amigo, golpeando con los puños como un condenado.
—¡Lucas! —grito, aporreando la madera—. ¡Abre la maldita puerta!
—¡Samuel! —escucho su voz desde adentro, preocupada—. ¡Ya voy, ya voy!
La puerta se abre. Lucas me ve y su expresión cambia al instante. Pasa de la confusión al horror en menos de un segundo.
—¿Qué pasó? —pr