VALERIA
Bajo la mirada. No puedo sostenerla. No puedo verlo así, roto, y seguir entera.
Mi silencio lo dice todo.
Entonces se aparta de la mesa y camina hacia la salida con paso firme, sin mirar atrás.
Me quedo inmóvil unos segundos.
—¡Samuel! —grito, pero mi voz es un susurro comparada con el eco de sus pasos alejándose.
Me levanto de golpe. La silla se tambalea detrás de mí. Las miradas de todos me taladran: mi padre, confundido; Andrés, con esa sonrisa que ahora entiendo; Hugo y Bernardo, in