DAMIAN
El bar está casi vacío a esta hora. La mesa del fondo, la de siempre, la que hemos ocupado durante veinte años de amistad. Hugo y Bernardo ya tienen sus cervezas puestas cuando llego. Yo pido un whisky. Doble. Sin hielo.
—Uy, viene fuerte la cosa —comenta Hugo, arqueando una ceja—. ¿Qué pasó, Damián? ¿Problemas en el paraíso?
No respondo. Bebo un trago largo. El líquido quema, pero no lo suficiente.
Bernardo me observa en silencio. Siempre ha sido el más perceptivo de los tres. El que le