VALERIA
El cuerpo de Samuel es un peso cálido y satisfactorio a mi lado, su respiración aún agitada, mezclada con la mía en el aire cargado de la habitación. La sábana blanca nos cubre hasta la cintura, dejando al descubierto su pecho desnudo, ese torso que hace apenas unos minutos recorrí con las manos, con los labios, con la urgencia de quien se ahoga y encuentra por fin aire.
Cuando gira la cabeza sobre la almohada, sus ojos, aún velados por el deseo reciente, me encuentran. Hay en ellos una