SAMUEL
Llegamos a casa después del hospital. El viaje fue silencioso, tenso, con el peso de todo lo que aún no se había dicho. Valeria iba a mi lado, con la mano apoyada en mi pierna, los ojos cerrados, la respiración profunda y su cabeza recostada en mi hombro. Al llegar en la entrada de la casa, nos esperaban, mi madre y Andrés.
Estaban junto a la entrada, con los brazos caídos, las miradas bajas, como si no supieran cómo mirarnos. Los chicos y Sofía se adelantaron.
—Por favor, habal con ello