Manuel acababa de entrar en el lujoso salón, cuando escuchó risas vulgares que resonaban por todas partes. Su apuesto rostro gradualmente se volvió frío como un filo de cuchillo.
Aunque se esforzaba por contenerse, en el fondo de sus oscuros y gélidos ojos, pasó fugazmente un rastro de repulsión y hostilidad.
En el amplio sofá de la sala de estar, Balbino estaba medio recostado, sosteniendo en su regazo a una mujer lasciva que mostraba gran parte de su pecho. Con la mano izquierda abrazaba a otr