Las interminables y susurrantes copos de nieve blancos le dieron a Aurelia un manto blanco y puro.
En las calles, los vehículos eran escasos. Manuel conducía pisando a fondo el acelerador, el coche voló locamente por las despejadas calles.
Sus rasgos faciales afilados llevaban un frío penetrante, sus oscuros ojos estaban tranquilos como las aguas, pero su ser emanaba una fuerte y opresiva oscuridad, sin mostrar ninguna emoción aparente. Sus largos dedos se dirigieron hacia un botón negro, giránd