El silencio aún seguía entre nosotros, se escuchaban las luciérnagas y había perdido la noción del tiempo para ese entonces.
—Esto no tiene sentido. Debes irte ya. —le dije levantándome y dejándolo arrodillado, di media vuelta para irme al orfanato.
—Lo haría. —dijo mirando el césped, aún arrodillado.
Me giré de nuevo.
—Mientes. —dije con mirada acusadora.
—No, Mónica, si me equivoqué, pero no tienes idea del tamaño de mi amor. —Dijo levantándose del suelo.
Se veía bastante demacrado, per