Mi cabeza estaba descansando sobre su hombro y aunque tenía unas ganas enormes de llorar entre sus brazos, no fueron más de unas cuantas lágrimas rebeldes las que salieron de mis ojos.
Debo recordar en dónde estoy, mantener mi cordura. Me separó poco a poco del abrazo y lo tomo como simple consuelo de colegas.
—¡Estoy bien! —Le digo con una sonrisa corta. —No hay nada de qué preocuparse, mi cara se hincha con facilidad, ante cualquier cosa.
—Eso lo entiendo... Pero creo que tu carácter no es