La tarde estaba extrañamente silenciosa.
David había salido hacía casi una hora para resolver algo de trabajo. Elizabeth, sola, se encontró dando vueltas por la casa sin un rumbo claro.
Entró a la habitación de invitados —la misma que usaba como estudio improvisado— y empezó a organizar unos libros viejos que David había dejado en un estante. No era necesario, pero necesitaba distraer su mente.
Al mover un libro grueso de tapa oscura, algo cayó al suelo.
Un sobre.
Amarillento, si