La noche era húmeda, y la ciudad parecía tan indiferente como siempre. Elizabeth caminó sin rumbo por calles desconocidas, con la ropa empapada por la llovizna y las piernas pesadas como plomo. Nadie la miraba. Nadie notaba a una mujer embarazada vagando por la ciudad, sola, frágil y rota.
La pensión donde se quedó tenía un olor rancio, mezcla de cigarro viejo y paredes húmedas. El colchón apenas era más blando que el suelo, pero era lo único que pudo pagar con las monedas sueltas de su bo