El hospital estaba en silencio cuando Elizabeth despertó del corto descanso que había logrado. La cortina de la ventana dejaba pasar una luz suave de la tarde, y el sonido del monitor cardíaco marcaba un ritmo constante que la tranquilizaba por momentos.
David había salido un rato. Le había prometido volver con algo de comer. Ella aprovechó para estar sola con sus pensamientos… y con sus dudas. El sueño del bebé seguía presente como un eco cálido en su pecho, pero aún se sentía vulnerable.