38. El adiós al pasado.
La mañana desplegó su luz sobre Haro con una generosidad que parecía burlarse del tormento interno de Eryn. Los rayos del sol se colaban por las ventanas del castillo, pintando los suelos de piedra con un dorado cálido que hacía brillar las sonrisas de los pueblerinos y los sirvientes.
El aire estaba agradable, vibrante, lleno de risas y murmullos de un día prometedor. Pero Eryn, con sus rizos desordenados y el corazón apesadumbrado, caminaba por los pasillos del castillo como si cargara el pe