La mañana llegó de golpe, sin ceremonias. Sareth aún se sentaba en la orilla de la cama con la bata medio abierta como quien intenta aferrarse a un sueño que acaba de desvanecerse. La cita de anoche parecía un espejismo: Kael había hablado con una sinceridad que no encajaba con la roca que él acostumbraba ser, y el beso… ese beso que prometía más pero que a la vez había marcado un límite claro. La mezcla de intimidad y control le daba vueltas en la cabeza y, a ratos, la dejaba mareada.
Un golp