Elena encontró a Kael en la sala principal, de pie junto a uno de los ventanales que daba al patio interior. La luz del atardecer bañaba su figura, resaltando la dureza de su expresión. Parecía una estatua tallada en mármol, firme e inquebrantable, pero Elena sabía bien que por dentro estaba librando guerras que no mostraba a nadie.
Se acercó con paso tranquilo.
—Kael.
Él giró el rostro apenas, sus ojos grises clavándose en ella.
—¿Qué ocurrió con Sareth? —preguntó, directo, como si hubiera e