El Traidor.
El reloj digital marcaba las siete en punto cuando el edificio despertó.
Una fila de empleados ingresó por el vestíbulo de mármol blanco, saludando con sonrisas idénticas, ajustando sus tarjetas de acceso con movimientos mecánicos.
Isela era una de ellos.
Su cabello oscuro, recogido con precisión, su blusa blanca planchada sin una sola arruga, su paso firme pero medido, como si cada movimiento estuviera ensayado.
No destacaba entre los demás, nadie lo hacía. El eco de los tacones sobre el suelo